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viernes, 17 de febrero de 2012

El primer español que murió en Mauthausen, fue un malagueño de Fuengirola (Málaga)

La amapola libertaria 10 de febrero de 2012
Nunca un viaje tan breve y a lugares tan cercanos (apenas unos kilómetros tras la frontera francesa) me había despertado tantas historias sobre el exilio. Al tirar de hilo, una me ha ido llevando a la otra. Con este cuarto artículo, acabo la serie relacionada con el exilio republicano. La estremecedora (y para muchos desconocida) historia de los miles de exiliados republicanos españoles que murieron en los campos de exterminio nazi.

En agosto de 1.940 algunos de republicanos españoles habían vivido ya un cúmulo de desgracias: habían perdido una guerra civil, huido de una dictadura que los perseguía en su país, cruzado una frontera con grandes penalidades, habían sido internados en recintos por sus vecinos franceses, obligados a enrolarse en otro ejército para combatir de nuevo al fascismo, habían visto morir a muchos de sus compañeros y como sus aliados les habían abandonado en el frente de batalla otra vez. Pero aún tendrían que vivir lo peor.

El avance del ejército nazi capturó a unos trece mil soldados españoles que combatían bajo bandera francesa. Muchos de los cuales habían sido abandonados por los británicos en su huida de Dunkerque. Inicialmente, al vestir el uniforme del ejército francés, habían sido trasladados a los mismos lugares de detención que nuestros vecinos, los llamados Stalags, que estaban en territorio alemán y donde, en teoría, se cumplían los principios humanitarios de la Convención de Ginebra. Cuando se estableció el primer convenio sobre prisioneros entre Francia y Alemania, el ejército galo no quiso reconocerlos como miembros de sus fuerzas regulares por ser extranjeros. El gobierno alemán se puso en contacto entonces con la dictadura franquista y ésta tampoco quiso saber nada de sus compatriotas. Serrano Suñer, cuñado de Franco, falangista y ministro de Asuntos Exteriores se limitó a decir “Esos no son españoles. Hagan con ellos lo que quieran”. Existe incluso la sospecha de que en su primera visita a Alemania hubiera pactado sus deportaciones y que, en el posterior encuentro que se produjo en Hendaya entre Hitler y Franco, se confirmara ese acuerdo.

El 5 de Septiembre de 1.940 se ordenó que los “rotspainer” o rojos españoles fueran internados en los campos concentración de categoría 3, adonde iban los detenidos considerados irrecuperables, con el objetivo de ser exterminados a través del trabajo. En ese momento sólo Mauthausen tenía esa categoría. Más tarde y a partir de las experiencias previas, se crearían otros como Auschwitz, pensados para “la solución final” que pretendía el exterminio del pueblo judío. En 1.940 aún no se había desencadenado en toda su intensidad el antisemitismo nazi y, hasta ese momento, el centro de internamiento de Mauthausen, que existía desde dos años antes, había estado ocupado mayoritariamente por presos políticos alemanes y austríacos.

La locura había empezado el 6 de agosto de 1.940 cuando salió el primer contigente con españoles hacia Mauthausen. Apenas dos semanas después partió, de la estación de la ciudad francesa de Angulema, el primer tren que llevaba familias enteras hacia los campos de concentración. Fueros las primeras deportaciones hacia la muerte y los que ocupaban aquellos vagones de carga salidos de Angulema eran 927 hombres, mujeres y niños españoles. Pensaban que su destino era el sur: la Francia no ocupada por los nazis, pero pronto pudieron comprobar, por los nombres de la estaciones que pasaban y que veían a través de las rendijas del vagón, que su destino era Austria. Tras cuatro días de viaje, el tren se detuvo. Casi la mitad de aquella “carga”: 430 personas, todos los hombres y los niños mayores de trece años, fueron obligados a salir de los vagones y a separarse de sus mujeres, madres e hijas sin posibilidad alguna de despedirse ni abrazarse a ellas. Casi el 90% de los cuales morirían allí.

Los testimonios de los supervivientes sobre la llegada a Mauthausen durante aquellos meses son espeluznantes: el viejo vagón, en el que viajan, llegando en mitad de la oscuridad de la noche; las luces cegadoras de los potentes reflectores que comienza a colarse por las rendijas; el silencio por el que se inician todos los miedos; las pisadas de las botas sobre la arena, el ladrido de los perros, las puertas que se abren y los gritos y las ordenes en un idioma extranjero e incomprensible. El discurso con el que los recibió el comandante del centro ya les dejaba muy claro su destino: señalando la chimenea, les decía que ésa sería su única salida del recinto. Luego, después de desnudarles y de raparles el pelo, les dieron su uniforme de preso con la estrella azul que identificaba a los apátridas y la S de Spanien (españoles).

Las mujeres que se habían quedado en el convoy pasaron varias horas en una vía muerta, sin saber que les estaba ocurriendo a sus hombres. Luego el tren arrancó y, viajando a gran velocidad durante las noches, iniciaron un periplo que, tras adentrase en Alemania, les llevaría hasta Hendaya. Un día llegaron a estar paradas durante más de ocho horas dentro de un túnel, en la oscuridad más absoluta. La aviación británica estaba bombardeando la zona. Tras dieciocho jornadas de interminable viaje, el tren volvió a detenerse en una vía muerta, junto a la frontera con nuestro país. Un guardavías, que oyó el llanto de una niña, se quedó horrorizado al abrir la puerta de un vagón y ver aquella “mercancía”. Aquellas mujeres y niñas fueron luego recibidas en las estaciones de trenes en la España franquista al grito de “rojos” y “asesinos”. Era la bienvenida que les daba la dictadura después de aquel viaje hacia la locura.

A los 430 hombres que se habían quedado en Mauthausen el destino les reservaba unas condiciones aún peores. Fueron los primeros españoles en llegar, posteriormente hasta un total de 7.300 compatriotas fueron registrados allí, donde fueron deportadas, a lo largo del tiempo que duró aquel régimen de horror, cerca de 200.000 personas. Los que tenían más de 40 años eran considerados viejos. Los que sufrían alguna minusvalía eran suprimidos de inmediato. En el aire flotaba el olor a carne humana quemada. Los que no pudieron resistirlo se suicidaban arrojándose a las electrificadas alambradas. Los que iban sobreviviendo eran exterminados a través del trabajo, extrayendo bloques de granito de una cantera situada en el recinto, a pocos kilómetros del Danubio. Allí debieron construir la llamada “escalera de la muerte”, por la que debían subir descalzos, a lo largo de sus 186 peldaños, con su pesada carga a la espalda. En lo alto, se encontraba un lugar, que los SS alemanes llamaban con ironía “el salto del paracaidista”, un caída libre de ochenta metros, por el que despeñaban a los presos por pura diversión.

El primer español que murió, el 26 de agosto, fue un malagueño de Fuengirola: José Marfil. En su honor, sus compañeros republicanos consiguieron guardar un minuto de silencio y hacerle un funeral con honores militares. Es el único acto de esa naturaleza conocido. Los sorprendidos guardias no volvieron a permitir nada parecido. Casi 120.000 personas (entre los cuales se encontraban unas 5.000 nacidas en España) murieron en Mauthausen, que disponía de una cámara de gas capaz de asesinar a 120 personas de forma simultánea.

A pesar de las extremas condiciones de vida, los “rojos” de Mauthausen son recordados por su esperanza en la derrota del nazismo, incluso en los primeros momentos, los más duros de la guerra, en los que los alemanes parecían invencibles, marchando por toda Europa. Cuando los nuestros alcanzaban el escalón 186, susurraban “otra victoria” y así, los que iban sobreviviendo, veteranos en la lucha contra la muerte, trataban de ayudar a los nuevos presos que iban llegando. Éstos, provenientes de la resistencia francesa o del frente de ruso, paulatinamente iban trayendo noticias del avance aliado. Un avance que hizo que trajeran más deportados de otros centros, conforme la línea del frente se iba acercando. Los últimos meses, con la sobresaturación ocasionada por los prisioneros llegados, las condiciones de vida se hicieron aún más duras. Los miembros más jóvenes del convoy de los 927 formaban parte del comando de los “Poschacer”, que salvaron los clichés y las fotografías del catalán Francesc Boix. Estos documentos fueron luego considerados unas pruebas fundamentales en el Tribunal de Nuremberg, que condenó a los principales jerarcas nazis. El día 5 de mayo de 1.945, tres días antes de la caída del régimen nazi, las tropas estadounidenses liberaban Mauthausen. Los españoles habían sustituido las banderas alemanas por otras republicanas y en la puerta de entrada había colocado una gran pancarta donde podía leerse: "los españoles antifascistas saludan a las fuerzas libertadoras".

Tras la caída del nazismo, Franco quiso dejar patente un distanciamiento con Serrano Suñer, que había sido el principal promotor de la unidad de acción con los alemanes. El dictador temía que los aliados acabaran también con su régimen fascista y le interesaba alejarse de su cuñado, como primer paso para intentar un acercamiento a los EEUU. Años más tarde el franquismo, y Serrano Suñer en particular, trataron de hacerle creer al mundo que no había sabido nada de lo que habían hecho con sus compatriotas en los campos exterminio. Afortunadamente los documentos pueden desmentirlo. Entre agosto y octubre de 1.940, cuando los primeros exiliados de nuestro país estaban siendo deportados, la embajada alemana en Madrid remitió cuatro cartas al régimen franquista, preguntando qué hacer con ellos. Ninguna fue contestada. Meses más tarde hubo una quinta carta que tampoco recibió respuesta. Una año más tarde, si que recibieron contestación: el comentario era “Archívese”.

Fue después de la Segunda Guerra Mundial, cuando los republicanos sufrieron la última derrota, las más dura. Según la califican los supervivientes fue incluso más terrible que su supervivencia en los centros de exterminio. Tras la derrota del fascismo en Europa, los estadounidenses empezaron a considerar que Franco podría convertirse en un socio frente a la que consideraban su nueva amenaza: el comunismo. Tras sobrevivir a dos guerras y a las duras condiciones de los campos de trabajo franceses y de los campos nazis de la muerte, los españoles, que habían dado sus vidas luchando por la libertad, volvieron por enésima vez a ser abandonados por sus vecinos de otros países.

Durante décadas, muchos detalles de sus historias fueron silenciados, olvidados. Incluso con la llegada de la democracia, los medios de comunicación y los estudios universitarios de nuestro país siguieron sin interesarse por ellos. En España hemos visto películas y series de televisión que nos han espantado sobre el trato que dio el fascismo europeo a sus víctimas. Todos recordamos imágenes de los uniformes nazis y de los campos de concentración, pero no todos saben que algunos de los hombres, mujeres y niños que sufrieron aquel espanto eran compatriotas nuestros y que el franquismo no hizo nada por ellos.

TV3 produjo hace poco tiempo un documental titulado El convoy de los 927. Relata la historia de los primeros republicanos deportados a Mauthausen. Debido a su contenido, calidad e interés, es el documental que más han vendido a otras televisiones. TVE lo emitió dentro de su programa Documentos TV. Yo no sabía de sus existencia hasta hace pocos días. No vi su emisión en ninguna de las dos cadenas. Las televisiones dedican sus horas más importantes y sus promociones a los programan que nos atontan, en lugar de aquellos que nos despiertan la memoria. Creo que debería ser obligatorio que nuestros estudiantes vieran en los institutos documentales como éste. Es duro y triste. Podéis seguir perdiendo el tiempo con telebasura, pero también podéis dedicar una hora a conocer más sobre esta historia estremecedora.


Los neonazis niegan la existencia de los campos de exterminio. A la mayoría eso nos indigna. Los neofacistas españoles, muchos de los cuales se disfrazan integrados en las filas de partidos democráticos, niegan la maldad del franquismo. Y eso no indigna a la mayoría. Cada vez que aparecen publicados artículos que destapan esas vergüenzas, en las ediciones digitales de los periódicos, aparecen comentarios de esos fascistas tratando de imponer su versión mentirosa, insultando a nuestra memoria y nuestra inteligencia. Pero esa verdad incomoda existe, no podemos, ni debemos ignorarla. Los documentos la guardan. En el siguiente link están los nombres de todos los españoles registrados en Mauthausen. Lamentablemente nadie hará ninguna película con la historia de esta lista.