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domingo, 4 de noviembre de 2012

El carnicero de Málaga

 
Ningún sitio es bueno - 18/5/12
Cuantas veces habremos oido, parodiado, aquello de "Españoles, Franco ha muerto". Aquel viejete, con los ojos enrojecidos y cara pálida, sufría el dolor de la muerte de Paco de forma muy similar a la mujer que transmitia la muerte de Kim Jong-Il. Era en blanco y negro, por supuesto, y aunque hubiera pasado ahora tampoco tendría mucho color porque esos tiempos eran grises, como los que repartían mamporros a diestro y siniestro contra todo aquel que pedía un poco de libertad (por cierto, ¿donde estarán estos tipos ahora? seguramente sean ultraliberales...).
 
Carlos Arias Navarro, último presidente del gobierno de Franco y primero de Juan Carlos I (sí, de aquel monarca que aún sufrimos y que juró fidelidad a los principios nacionales) tiene sin embargo un pasado más oscuro que esas patéticas imágenes de sus sollozos. Y es que nuestro tierno viejecito en los años de la guerra civil fue apodado "el carnicerito de Málaga". Vaya, ya no parece tan enternecedor, ese mote en medio de una guerra no presagia nada bueno...
 
En efecto, Arias Navarro fue fiscal tras la toma por parte de los sublevados de la ciudad Málaga. Málaga, la que sufrió y murió a manos de aquellos que hablaban de liberar España de no sé qué estupideces, se desangró cuando tropas naZionales e italianas la ultrajaron, cuando a los que huían de esa masacre una vez desmoronada la resistencia republicana (y los que huían eran mujeres, niños, ancianos y también, como no, hombres) se les ametrallaba sin piedad desde el aire y se les bombardeaba desde mar. Se cree que más de 3.500 personas murieron en la primera semana tras la caída de la ciudad, mientras que 16.952 fueron sentenciadas a muerte en los siguientes meses.

 Actualmente hay literatos de historia ficción de corte ultranazionliberal que pretenden convencer a cuatro papanatas de que estos juicios y sentencias fueron totalmente lógicas. Y lo fueron, realmente, desde el punto de vista de los vencedores que quisieron exterminar y acabar físicamente con los que no confesaban con su España grande y libre. Matarlos allá donde estuvieran, sin piedad, sin que la iglesia alzara la voz. Al fin y al cabo era su cruzada. Y Arias Navarro, ese viejecito que moriria en su cama sin juicio sumario fue uno de los verdugos que asesinaron a aquellos que quisieron evitar la barbarie protagonizada por Franco y sus compinches. Que no descanse en paz