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lunes, 3 de febrero de 2014

Marcha por La desbandá. 77 años de la Carretera de la Almería

 
Esta mañana más de cien personas han participado en una marcha desde la Merced hasta el peñón del Cuervo para recordar el éxodo y la matanza de miles de 1937
 
02.02.2014
Más de un centenar de personas han participado este domingo en Málaga en la primera de las marchas convocadas para conmemorar el 77 aniversario de lo que se conoce popularmente como la 'Desbandá', la huida forzosa a pie de miles de malagueños por la carretera de Almería hacia las zonas republicanas, que tuvo lugar en febrero de 1937, tras la ocupación de la capital por parte de las tropas franquistas e italianas. La caminata ha partido sobre las 10.00 horas desde la plaza de la Merced hasta el Peñón del Cuervo.

El acto, organizado por la Junta de Andalucía a través de la Dirección General de Memoria Democrática y en colaboración de más de una veintena de organizaciones sociales, varias de ellas asociaciones para la recuperación de la memoria histórica, ha contado con la asistencia del vicepresidente del Gobierno andaluz, Diego Valderas; el portavoz de IULV-CA en el Parlamento de Andalucía, José Antonio Castro, el director general de Memoria Democrática de la Junta, Luis Naranjo; el delegado del Gobierno andaluz en Málaga, José Luis Ruiz Espejo, y el vicesecretario general del PCA, Juan de Dios, entre otros dirigentes de IU y el PSOE en la provincia.
 
Recuperamos, en el aniversario de este triste episodio de la Guerra Civil, el texto de nuestro compañero Lucas Martín sobre el mismo:
 
«Se ha abierto el infierno. Lucifer y su legión están sobre nosotros». En febrero de 1937, la escritora Gamel Woolsey, esposa de Gerald Brenan, no podía empapar su pluma en otra cosa que no fuera el río negro que se deslizaba por la provincia. Las casas empeñecidas por el fuego, el rumor de munición reventando contra el aire. Miles de personas enfilaban el único camino no custodiado por los golpistas. La Carretera de la Muerte. El Guernica andaluz. La ratonera torpedeada que muchos analistas califican como el peor episodio de la historia de Málaga, el precedente sanguinario de la locura de Hitler.
 
Hace casi 77 años justos, el 5 de febrero de 1937, una fila inagotable de malagueños iniciaba el éxodo por la antigua N-340, la carretera de Almería. Les esperaba una batalla truculenta contra el polvo, el hambre y el frío. Se escondían en las alcantarillas, entre los arbustos. Bombardeaban los barcos y los aviones. Un pasaje de doscientos kilómetros entre grava y desfiladeros, la lengua del infierno, del apocalipsis. Ya en ese momento la prensa internacional hablaba de cataclismo, de masacre. Muchas fuentes cifran en más de 100.000 personas la cifra de fallecidos.
 
A pesar de la literatura sobre la matanza, todavía quedan zonas de penumbra. Resta saber qué pasó con los muertos. Aún hay familias que buscan a otras familias. El suelo de tres provincias convertido en una tumba inmensa. Muchas de las incógnitas están siendo despejadas por una investigación pionera, propulsada por las asociaciones de memoria histórica de Málaga y Granada, que estudia por primera vez la diáspora de manera detallada y conjunta y, sobre todo, desde la óptica de la operaciones militares. Según Fernando Arcas, profesor de la Universidad de Málaga y asesor del proyecto, el trabajo arrojará luces distintas, fruto del estudio pormenorizado de los partes de guerra, de las fosas, del registro de enterramientos de cada municipio.
 
Los papeles consultados por la investigación, a cargo de los historiadores Andrés Fernández y Maribel Brenes, recomponen la estrategia, el escalofriante minuto a minuto de los ataques, en los que, según cuentan, se puede hablar de todo menos de daños colaterales. Los diarios de operaciones refieren con frialdad militar al bombardeo, la orden de atacar a lo que denominaban «fugitivos», la inmensa mayoría civiles. Una alevosía que entronca con los discursos de Queipo de Llano, que coordinaba los destacamentos: «Para hacerles correr más aprisa, enviamos a nuestra aviación», comentaría con saña.
 
Durante cuatro días los huidos, engrosados por refugiados de la parte occidental de Andalucía, cruzaron las puertas del infierno. A la altura de Motril, se recrudecieron los bombardeos; la artillería italiana, los buques Canarias, Baleares y Almirante Cervera, junto a todo tipo de maquinaria marina alterada para acoger hileras de torpedos, de armas. Los investigadores, apoyados documentalmente en el trabajo de Francisco Espinosa, de la Asociación contra el Silencio y el Olvido, por la Memoria Histórica de Málaga, han topado, incluso, con la hipótesis de un barco fantasma, enunciada por las víctimas a través de distintos testimonios. «En los archivos militares, el Canarias aparece en poco tiempo en dos puntos diametralmente opuestos. De ahí las sospechas», razona Andrés Fernández.
 
La marea de refugiados se alimentaba de cañas de azúcar, buscaba comida en las fincas abandonadas. A su paso, escuchaban el ruido de los postigos, de las cancelas. Nadie quería ayudarles. Había miedo a futuras represalias. Muchos intentaron serpentear por el campo. En las fosas comunes de los pueblos de Granada, se advierte la presencia de huidos, de malagueños. Es el caso de la cercana a Órgiva, pendiente todavía de ser exhumada. La historia de la carretera de Almería es también la historia de familias rotas, desperdigadas. Se perdían niños por el camino. Algunos, cuenta Fernández, se echaban al hombro a sus muertos para darles sepultura donde podían. En un remanso, en la tierra dura, cerca de los árboles. «Todavía contactan con la asociación porque hay exiliados que extraviaron a familiares en el camino y no saben si también sobrevivieron», relata Brenes.
 
El camino, en muchos casos, no finalizó en Almería. La marcha siguió hasta Levante y, sobre todo, Francia. Los que se quedaron fueron hacinados en pequeños refugios. Casetas sin pavimentar, sin ni siquiera sanitarios. En el registro, facilitado por los investigadores, aparece el nombre de alrededor de 1.700 familias. Muchas archivadas en función de la persona que guiaba al grupo. Se documenta, por ejemplo, la llegada de familias encabezadas por niños de diez años. Todos sucios, heridos, traumatizados. Fue lo que se encontró el médico Norman Bethune, que se instaló en la zona con su ambulancia para ayudar a las víctimas. Sus cristales eran golpeados por madres desesperadas. Pedían que se llevaran a sus hijos. «Los niños envueltos con harapos ensangrentados, sin zapatos, con los pies hinchados, aumentados dos veces de tamaño, lloraban desconsoladamente de dolor, hambre y agotamiento».